jueves, 1 de octubre de 2009

Imág. secundarias de la Pasión según Sevilla.(VII)


Fot. Arte Sacro

VII. LOS ROMANOS...(¡Tós por iguá...Salvo er Romano de la Cofradía del Valle)

Lo de Sevilla con las legiones romanas es de enamoramiento enfermizo. Ninguna otra ciudad del mundo se rinde y se entrega como lo hace Sevilla cuando ve llegá un Senatus a manos de un legionario de la Roma Imperial, ya sea vivo o figurado.

Somos la antítesis, viva y latente, de las resistencias históricas de Numancia o de Masadá...aquí no nos encerramos, al contrario, salimos a recibirlos y a verlos desfilá.

Que vengan los romanos que aquí está Sevilla entregá en cuerpo y alma!
¡Que pase Roma y to los legionarios romanos!- gritó en el alba una estrella.
¡Qué nos gusta largá en latín!...Eso se aprende aquí en tres días.
¡Qué nos gusta un águila de alas desplegadas que con sus garras sujete un estandarte!
¡Qué nos gusta una loba dándole teta a dos gemelos! Por cierto, lo de la loba es una hermosa metáfora (porque los romanos tenían tela de clase) del latín lupa: loba o ramera, de ahí que la palabra lupanar signifique prostíbulo.

La riqueza de nuestra Semana Santa hace que la variedad de romanos sea amplia, y es que tenemos romanos pa hacé El Retorno de Gladiator, y aún nos sobran seis o siete para otro Peplum Magnificum. Hagamos un breve y extraño estudio romanológico.

Hoy día, vemos las fotos de cofradías de principios de siglo, y los romanos que iban en los pasos eran curiosos, unos tíos rarísimos, que nos provocan el desconcierto y la risa. Pero en su época resultaban espectaculares y el pueblo los valoraba en buena medida, muy por delante de otras figuras secundarias (acuérdate der tema de los judíos...ojú, los judíos).
Después se prefiguró la estética del romano moderno, con sus sandalias, faldita corta, coraza , armas, capa, y casco con plumero. El ideal del romano sevillano: el armao de la Macarena. Y el listón se puso tan alto, que pienso objetivamente, que nadie va a superar ese diseño...Romanos los podrá haber más realistas, más sobrios, más o menos presentables, pero el ideal que ya tenemos todos en mente es el armao (queramos o no, plumas aparte, porque ya están en el subconsciente del sevillano; y te lo digo yo que soy de la Amargura, cuyos romanos son envidiables). A partir de entonces los romanos de los pasos fueron digamos uniformándose de alguna manera, pero todos con sus peculiaridades que los caracterizan y, por qué no decirlo, hacen nuestras delicias durante la Semana Santa.
Si los romanos están muy bien hechos, no se necesitan capas para taparlos, y se exponen a la vista de todos a coraza limpia. Si son sobrios, abandonan las plumas exóticas por el casco con cepillo de escoba. Si van a caballo desatan pasiones y envidias, porque resultan aún más arrogantes y altivos. Si se arrepienten de matar ar Señó, están hasta mejor miraos por el pueblo. Si la coraza de plata, si la coraza de oro; si la lanza con escudo, si la espadita corta; si plumas blancas, si plumas rojas; si nuestro romano es más guapo que el tuyo, si mi romano está más fuerte que el de tu cofradía; et cetêra, et cetêra (Latín puro de Roma, no lo ves) . Y con los romanos der Santo Entierro no me pienso entretené aquí y ahora, ustedes ya se lo imaginarán: todo un ejemplo de La declinación y caída del Imperio romano...

Pero cambiemos ya de registro, porque de entre todos los romanos de nuestros pasos, hay uno, cuya sola presencia es perversa: er Romano de indefinidos horrores del paso de la Coronación de Espinas de la Cofradía del Valle.

Me da miedo hasta nombrarlo...¿Lo habéis visto bien? ¿Le habéis visto la terrible serenidad de su rostro? ¿Habéis sentido la dulzura insoportable de esa cara? ¿La malévola elegancia de sus formas? ¿Cómo una persona que está ejecutando tan salvaje acto puede desprender tanta tranquilidad y armonía? ¿Por qué el imaginero le puso tanto arte y le otorgó tanta belleza?...No sé, no me lo puedo explicá...me provoca una serie de indefinidos horrores, una asociación de ideas enfrentadas.
El Romano de la Coronación de Espinas es, con diferencia, el más extraño de nuestra Semana Santa; no necesita ni casco con plumas, a veces lo visten con una capita corta (taparlo sería un crimen), su única arma es un simple palo o caña, y su postura es tan estilizada, que parece que lo han sacado de una pintura del Renacimiento italiano. Está cometiendo un acto terrible, y parece que está en místico éxtasis...hasta un desalmado tendría que sentir algo en sus venas cuando apretara esa corona de espinas de acacia, algún gesto que trasmita esa violencia, algún resquicio humano para su propio desahogo...pero no lo tiene, está impregnado de la frialdad terrible de la belleza y de la crueldad más absoluta.
El Romano de la Coronación levanta la caña serenamente, y va a hacer de Jesús un Cristo Rey ("Christus factus est"...cantarán los niños esa tarde ante el paso, como quien canta una nana ar Señó para que se quede dormido y no sufra), lo va a coronar de espinas, solo ha de bajar bruscamente esos brazos y ejecutar su terrible movimiento, que se ha congelado en el tiempo y en el balanceo persistente de su pequeña capa.

Con este romano no se juega...Nadie querría parecerse a él, nadie querría vestirse como él, nadie querría portar su simple arma, porque nadie soportaría esa vara de oprobio entre las manos, al igual que el centurión romano no soportó la túnica sagrada sobre sus hombros. Este romano del Valle es la personificación del horror no definido, de la violencia contenida, y de la maldad no reflejada, ni presentida.

Ya lo verás el Jueves Santo, cuando pase terrible, elegante, dulzón, y frío como el mármol. Armado sencillamente con un palo, caña del escarnio de Nuestro Señor Jesucristo.

Y cuando llegue a tu altura el paso triste de Los Espejitos, reflejos de sol devolverá su canastilla, y sentirás en esos reflejos, miradas de viejos fantasmas sevillanos que la luz de la tarde ahora invoca...


(Texto publicado en la web cofradespasionensevilla el 21 de Marzo de 2009)



Apostilla afterpop: ¡Cómo me flipan los romanos! Empezó a divagar sobre la magnitud del imperio... (Frida Laponia, Agustín Fernández Mallo)

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